Alguna vez hace un par de años atrás intenté escribir sobre esto pero sin resultados positivos. Por lo visto, no siempre the cuckoo's drugs are great.
Estaba yo en mi casa, pero esta vez no era un día, ni fué una semana cualquiera. La niña a la que estaba comenzando peligrosamente a amar se sinceró conmigo y me confesó que no quería nada serio, a sus 16 años estaba hastiada de pololear, y yo por ese entonces de 17 aún desvividos años, era un ex onanista compulsivo al que por primera vez le rompían el único órgano palpitador al cual le faltaba daño en su cuerpo somatizado: </3.
Había tomado solo en mi casa hace un par de días atrás, creo también haberme curado raja en un carrete de mi curso, pero para mi ( creía yo en ese entonces) intenso deseo de autodestrucción, aquellos inocentes intentos de acercarme a la catarsis fueron solo un placebo.
Así fue como terminé en una micro en dirección al Castillo, mientras la Muriel se reía y me miraba con jocosa y burlona complicidad al escuchar al vendedor ambulante destacar las propiedades ansiolíticas de sus helados. No sé si habrá sido el miedo a esa pobla que yo sólo conocía desde la comodidad de mi furgón escolar o la desilusión amorosa recientemente latente en mi ser, o definitivamente mi falta de experiencia en este tipo de prácticas, pero sentí que el tramite lo hicimos surrealmente expédito. Tanto que me imaginé que Dios activó la función de cámara rápida a nuestro espectáculo (quizás fue su forma de castigarme por el pecado que estaba a solo minutos de cometer.)
Hay algo más que no puedo dejar de mencionar respecto a ese largo tour al Castillo (mentira, fue con cuea 15 min de viaje). Quizás no ví la vida tal como es, pero si presencié algo parecido a eso; un suceso que ahora con un poco más de reflexión, no dudo que fue una epifanía, o sino definitivamente un mensaje divino. Jamás podré volver a olvidar (aunque la verdad nunca lo hice, sólo lo guardé en un lugar muy recóndito de mi aparato psíquico) ,aquella insignia amarilla, cosida con hilo negro en el chaleco azul marino oscuro con el clásico pequeño pinguinito en el pecho tratando de destacar por sobre la ene de Nocedal; mencionada dicotomía expresada nostálgica y a esas horas ya melancohólica en aquel simétrico océano de lana sintética. Eso si que lo recuerdo muy bien. Este acontecimiento se me hizo eterno, y aún a pesar de lo apesadumbrado y consternado que me dejó, de haber sabido lo que me deparaba el destino para esa tarde- noche, hubiese preferido quedarme por siempre en aquella emblemática gehena Pintanal.
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